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Ojo con el patrimonio arqueológico sub acuatico |
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"Lo preocupante es que se ha extraído piezas sin el rigor de un trabajo de rescate arqueológico" Por Jorge Ortiz Sotelo, Historiador La noticia del hallazgo de los restos de un galeón holandés en Matarani trae nuevamente a colacion la necesidad de abordar con la debida seriedad los temas referidos al patrimonio arqueológico subacuático peruano. En primer lugar, una precisión. Señalar que se trata de un galeón holandés hundido entre 1700 y 1750 resulta poco creíble, puesto que la presencia de naves de las Provincias Unidas en el Pacífico sudamericano se produjo durante la primera mitad del siglo XVII, en el marco de su lucha por independizarse de España. Por otro lado, hasta donde se conoce, las naves holandesas que arribaron a estas aguas no fueron galeones, sino embarcaciones de menor porte, por lo general urcas y yates. En tal sentido, antes de atribuirle a los restos de la nave encontrada una nacionalidad o tipo, habría que llevar a cabo una investigación que, por lo menos, cubra fuentes secundarias. En segundo lugar, lo más preocupante de la noticia es que se ha extraído piezas del referido pecio, sin el rigor de un trabajo de rescate arqueológico y sin someterlas a un mínimo tratamiento de estabilización, condenándolas de esa manera a su destrucción. Un pecio, o nave hundida con valor histórico, tiene un sinnúmero de elementos cuyo estudio y análisis permite comprender la sociedad de la cual provino, puesto que evidencia sus costumbres y su tecnología. Para ello, tal como ocurre en tierra, la arqueología ha desarrollado técnicas particulares. Uno de los aspectos más importantes de estas técnicas es el referido a la conservación de los distintos tipos de objetos contenidos en un pecio, puesto que cada uno de ellos tiene un comportamiento diferente al ser extraídos y sometidos súbitamente a las condiciones de luz y oxígeno que existen en la superficie. En el caso particular de los restos almacenados en el municipio de Islay, un ancla y dos cañones, la oxidación que se inició apenas sacados del agua no fue detenida mediante un adecuado proceso de estabilización. El resultado es que dichos objetos están condenados a ser destruidos por la cristalización de algunos de sus elementos constitutivos. Esto ha pasado numerosas veces con balas de cañón e incluso piezas de artillería que se han sacado del fondo marino. Si bien el hecho mismo de extraer dichas piezas resulta una atractiva noticia periodística, equivale a aplaudir mediaticamente a alguien que extrae un objeto de oro de una huaca o un entierro, sin importarle el contexto en que dicho objeto se encontraba. Lo más notorio en este caso es que dicha extracción ha sido llevada a cabo por el representante del Instituto Nacional de Cultura, organismo que tiene entre sus funciones el preservar nuestro patrimonio. El problema de fondo es que en nuestro país, tan rico en restos arqueológicos sumergidos, no se ha desarrollado la arqueología subacuática, quedando dichos restos a merced de la buena, o mala, voluntad de algunos buzos, algunos de los cuales solo están interesados en encontrar míticos tesoros, sin importarles destruir en su búsqueda las evidencias culturales. Es, pues, tiempo de impulsar con seriedad este tipo de labores, y en ello le cabe un papel primordial al INC.
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